Página web del Americana, Festival de Cine Independiente Norteamericano. Este año, el festival se celebra del 2 al 7 de marzo en Barcelona, del 3 al 14 de marzo en Filmin, y del 12 al 14 de marzo en Madrid.

FUNNY FACE. Tim Sutton. 95 minutos. Estados Unidos (2020). Con Cosmo Jarvis, Dela Meskienyar, Barzin Akhavan. Sección TOPS.

En el prólogo de Drive, Nicolas Winding Refn marcaba el ritmo y el tono del film en dos frentes. Primero, a través del apartado sonoro: de fondo, sonaba el Tick of the Clock de los Chromatics, que se solapaba con la retransmisión radiofónica de un partido de la NBA, no de los Lakers, sino de los Clippers. Y en segundo lugar, mediante la gestión del espacio escénico y urbano: el héroe anónimo del film conducía velozmente por el asfalto nocturno de Los Angeles sin dejar de apretar el freno. Tenía que correr, pero también evitar ser visto, y finalmente se escondía en el Staples Center. Por su parte, la primera secuencia de Funny Face de Tim Sutton se presenta como un aterrador eco del arranque de Drive. Un hombre se esconde tras una máscara en la que destaca una sonrisa que hiela la sangre. El hombre vibra (hasta el tembleque enfermizo) con otro de esos partidos que los New York Knicks están destinados a perder. Estamos en la costa este, en la monstruosidad neoyorquina que tritura y aliena al individuo.

La máscara de la sonrisa aterradora ahora da vueltas sobre sí misma en el cielo. Luego se precipita al vacío y Sutton aprovecha para exhibir su talento a la hora de manejar los planos de seguimiento. En un momento determinado, la caricatura del rostro humano es engullida por los rascacielos de la ciudad, y ahí cuaja la tesis de Funny Face, una película centrada en la relación (tensa y conflictiva, pero también esperanzadora) de las personas con el espacio urbano, marcada a nivel global por la gentrificación, la especulación inmobiliaria y el mobbing. Así, el director de Dark Night introduce al espectador en la jungla neoyorquina renunciando a todo frenesí romántico y abrazando unas atmósferas opresivas que se perfilan a cámara lenta, muy al estilo NWR. En una escena reseñable, los dos protagonistas de la historia debaten apasionadamente sobre las implicaciones de apoyar a los Knicks de Nueva York o a los Nets de Brooklyn, pero en realidad están ahondado en los traumas causados por los últimos pelotazos urbanísticos… y por supuesto, en un sentimiento de derrota asfixiante.

Al caer el Sol, empieza la jornada para dos marginados, un chico y una chica, que deben dicho estatus a su condición étnico-cultural, pero también a una serie de traumas familiares enquistados. Podríamos estar ante el nacimiento de dos nuevos superhéroes (de hecho, ella parece salida de A Girl Walks Home Alone at Night de Ana Lily Amirpour), o a lo mejor de dos villanos (él remite al Joker de Todd Phillips). En cualquier caso, se trata de dos seres desarraigados, condenados a vagar por los rincones más inhóspitos de la ciudad. En ese transitar, colmado de paradas técnicas, Sutton juega constantemente con la distancia y el ángulo en la filmación de estos dos cuerpos que a veces parecen vulnerables, y en otras ocasiones da la sensación de que se vayan a zampar los edificios que intentan aprisionarles. Funny Face plantea un juego permanente de dimensiones y proporciones, un eficaz modo de reflexionar sobre la huella que deja el ser humano en su entorno. Sutton se resiste a clarificar si estamos asistiendo a una misión vengativa contra la capital de los fondos buitre, o si en realidad todo se trata de una historia de amor en la que volcar nuestras últimas esperanzas en el mundo moderno. Sea como fuere, la ciudad se reivindica siempre como la tercera pieza en este posible triángulo de amor-odio. Víctor Esquirol

SHIVA BABY. Emma Seligman. 77 minutos. Estados Unidos, Canadá (2020). Con Rachel Sennott, Molly Gordon, Polly Draper. Sección TOPS.

Surgida de la fusión imaginaria de los universos de Un funeral de muerte y Ghost World, la producción norteamericana Shiva Baby, ópera prima de la canadiense Emma Seligman, nos sumerge en la tumultuosa realidad de la posadolescente Danielle, a quien da vida la joven comediante Rachel Sennott, una aprendiz de Lena Dunham que ya es todo un fenómeno en las redes sociales. Asediada por el desconcierto propio de su edad, Danielle intenta hacer frente a la tormenta perfecta que conforman su affair sexual (y de interés económico) con un hombre mayor (Danny Deferrari), sus poco fructíferos intentos de hacer carrera en el activismo feminista de corte arty, la sutil presión que ejerce su familia para que encauce su vida, y la compleja relación de amistad y pasión con su mejor amiga (Molly Gordon). Este entramado de situaciones conflictivas estalla durante la celebración del shiv’ah (el funeral judío) de un amigo de la familia de la protagonista, un escenario claustrofóbico en el que el enredo campará a sus anchas, desplegando un caótico festín de encuentros públicos y privados que situarán a Danielle al borde de un ataque de nervios.

Shiva Baby se hace fuerte en la construcción de un personaje femenino de considerable complejidad. Para ello, Seligman adopta una distancia ambivalente respecto a su joven heroína. Por momentos, la película parece transformarse en un verdadero viacrucis, en el que la protagonista es fustigada por sus familiares, amigos, ella misma y la cámara, que la somete a un seguimiento exhaustivo e insidioso. Sobre esta matriz de ataques y autolesiones, Shiva Baby saca punta a esa veta de humor judío que trabaja, de un modo salvaje, con la autoflagelación, el patetismo e incluso la incomodidad. Sin embargo, en otra vertiente del film, sobre todo en los momentos en que Danielle saca fuerzas de flaqueza para combatir su circunstancia con un orgullo sexy, la película parece postrarse ante la protagonista de un modo casi reverencial, empatizando con su dolor y su confusión. En el rostro pálido y el cuerpo menudo de Danielle se amontonan los ecos de chicas en apuros del cine de antaño, de las “chicas raras” de las teen movies de John Hughes a la Bel Powley de The Diary of a Teenage Girl de Marielle Heller, pasando por el desbarajuste existencial de prominentes figuras femeninas de la modernidad europea como la Anna Karina de Vivir su vida de Godard o la Marine Vacth de Joven y bonita de François Ozon.

El otro foco de interés de Shiva Baby radica en su tránsito formal desde un naturalismo plácido, muy de cine indie neoyorquino, a un formalismo histérico. Desde el principio, pese al look relativamente académico de la película, los choques de Danielle con la realidad circundante aparecen punteados por una banda sonora eminentemente percusiva, en la que el músico Ariel Marx pinza con garbo las cuerdas de su violín, su viola y su chelo. Un “efecto sonoro” que remite a la sincopada partitura con la que Jon Brion evocaba la angustia de Barry Egan (Adam Sandler) en la magistral Embriagado de amor (Punch-Drunk Love). En la línea frenética y exasperante del film de Paul Thomas Anderson, Shiva Baby va sumergiendo al espectador, a través de una puesta en escena envolvente y opresora, en la psique atolondrada de Danielle, hasta el punto de conquistar un territorio fronterizo entre la realidad y la alucinación, un esfera que exploró a fondo la norteamericana Josephine Decker en la aporreante Madeline’s Madeline. Un cierto espíritu siniestro ronda los enrarecidos retratos femeninos del joven cine norteamericano: cabe recordar otros trabajos recientes como Heaven Knows What de los hermanos Safdie o Her Smell de Alex Ross Perry. Films caóticos que, desde perspectivas diversas, dan cuenta de una cierta era del desconcierto. Películas raras para tiempos extraños. Manu Yáñez

PALM SPRINGS. Max Barbakow. 90 minutos. Estados Unidos, Hong Kong (2020). Con Andy Samberg, Cristin Milioti, J.K. Simmons. Sección TOPS.

“Es una de esas situaciones de bucle temporal infinito“, le explica Nyles (Andy Samberg) a Sarah (Cristin Milioti), cuando empiezan a vivir una y otra vez el mismo día en el marco de una boda en la que son meros invitados. ¿Otra vez la misma fórmula de Atrapado en el tiempo, 50 primeras citas y de tantas otras pelícuas que apelaron a la fórmula? Sí, y no. Porque Palm Springs utiliza el recurso del “encierro” (muy a tono con estos tiempos de cuarentena) con otros objetivos y con resultados siempre extraordinarios. La autoconciencia es tal que, en determinado momento, Sarah empieza a buscar cursos de física cuántica online para salir del bucle, mientras que Nyles, en cambio, le empieza a tomar el gustito a vivir siempre de fiesta, con bermudas y camisa hawaiana, sin preocupaciones, con mucho alcohol, bailes y seducción (aunque su insoportable novia interpretada por Meredith Hagner lo engañe con otro).

A sus casi 42 años, Samberg parece un poco viejo para este típico joven poco afecto a los compromisos y responsabilidades, pero el ex del Saturday Night Live construye una de las mejores (sino la mejor) actuaciones de su irregular carrera con una clase perfecta de comedia física y precisión para los diálogos (impecable mixtura entre el slapstick y los one-liners). Él y Milioti (más los aportes de personajes secundarios como el de J.K. Simmons) dan una clase de fluidez, química y empatía en un género en el que muchos suelen trastabillar. Actor menospreciado, Samberg alcanza aquí una suerte de resurrección de la mano de dos debutantes absolutos, el cineasta Barbakow y el guionista Siara (quienes se permiten desde la aparición de dinosaurios hasta terremotos y cuevas llenas de energía con un despliegue de horribles y hermosos efectos visuales), a los que deberemos apuntar y seguir de cerca tras esta deliciosa, hilarante comedia romántica llena de ingenio, desparpajo y talento. Diego Batlle

THE LAST BLACK MAN IN SAN FRANCISCO. Joe Talbot. 121 minutos. Estados Unidos (2019). Con Jimmie Fails, Jonathan Majors, Rob Morgan. Seccion TOPS.

En el diseño de los escenarios interiores de The Last Black Man in San Francisco –debut en el largometraje de Joe Talbot– se encuentra uno de los principales rasgos identitarios de este nuevo producto de la factoría A24, una de las compañías dominantes del actual panorama del cine independiente yanqui. Ahí yace la clave para desencriptar las verdaderas intenciones de un cuento en el que la estructura exterior de las casas es una invitación para perderse en los secretos que encierran sus interiores. Cada dormitorio, salón y recibidor hace gala de un trabajadísimo detallismo. Un mimo en el atrezo que, más que satisfacer meras filias estéticas, actúa como espejo del espíritu de los espacios. Éstos se muestran aquí como contenedores de recuerdos, de sueños, de sensaciones… de todo aquello que, en definitiva, define tanto al individuo como a la comunidad a la que pertenece. Esa lámpara, ese sillón, ese póster y ese jarrón pueden ser los residuos materiales de esa bronca, o de esa muestra de camaradería que, años después, sigue latiendo.

Con esto en mente, no puedo evitar pensar en aquella frase de introducción para aquel formidable libro desplegable interactivo que era What Remains of Edith Finch, videojuego producido por la compañía Annapurna (y es que los caminos del indie, sea en el formato que sea, siempre acaban convergiendo). El caso es que al poner los pies en casa de la familia Finch, la protagonista de aquella historia remarcaba que “nada en ella parecía anormal, pero había demasiado de todo, como en una sonrisa con demasiados dientes”. Pues exactamente así lucen todas las casas por las que se pasea el protagonista de esta película, un tal Jimmie Fails, autoproclamado “último hombre negro en San Francisco”. Y así luce especialmente la casa que está en el centro de todas sus obsesiones. Se trata de la antigua morada familiar, de inspiración victoriana, construida a mediados del siglo XX por su abuelo (“el primer hombre negro en San Francisco”)… y perdida años después por su padre.

La reconquista patrimonial es el motor principal de una trama centrada en una serie de anhelos íntimos y/o grupales. De hecho, tanto desde la dirección como desde la escritura del guion, Talbot se dedica a reflexionar sobre esa interacción entre lo individual y lo comunitario. Con dicha conciencia, la película consigue sobrevivir al arma de doble filo que podía suponer su deslumbrante aparato formal. Al principio, parece que el conjunto solo pueda despegar echando mano de esos momentos videocliperos que sirven para introducirnos en un ecosistema regido por el orgullo y la tensión racial, pero que no alcanzan a dar fondo a los personajes de la función. Por suerte, no nos quedamos en la fachada: la banda de sonido, en la que domina un viento que parece emanar directamente de la bahía de San Francisco, resulta una poderosa fuente de aliento lírico que, al igual que aquellos interiores, sirve como herramienta de comprensión de los personajes y sus situaciones.

Con todo esto, Talbot levanta una narración fabulesca con fuerte arraigo en materias sociales. Su gran despliegue de recursos audiovisuales es poco más que el prólogo en una historia cuyas moralejas beben de la historia reciente de una nación que, como muchas otras, se ha construido a través de sendas dosis de confrontación y concordia. Así, los apuntes sobre la familia y la amistad que nos sugieren las aventuras de Jimmie Fails nos remiten inevitablemente a los cambios (más o menos traumáticos) que han moldeado, durante las últimas décadas, a los Estados Unidos… y por ende, a occidente. Víctor Esquirol

LA NUIT DES ROIS. Philipe Lacôte. 93 minutos. Francia, Costa de Marfil, Canadá, Senegal. Con Bakary Koné, Steve Tientcheu, Jean Cyrille Digbeu. Sección NEXT.

Alguno de los guionistas que pasan por la oficina de Tim Robbins en The Player (El juego de Hollywood) de Robert Altman intentarían vender esta película como una combinación entre Las mil y una noches y la serie El marginal. Claro que la descripción no le haría justicia a La nuit des rois, pero es un punto de partida para empezar a hablar de este film fascinante. El adjetivo poco preciso le cabe a la película de Philippe Lacôte porque desde que el protagonista llega a la MACA, la prisión más grande de Costa de Marfil, el espectador queda enganchado en una narración que lo va sorprendiendo a cada paso. No es solo la trama lo que despierta el interés sino la construcción detallada de un universo particular, poblado de personajes específicos, que viven bajo sus propias reglas y ritos. La cárcel está custodiada por guardias a los que poco les importa lo que sucede adentro mientras no los moleste y tiene un jefe de facto, Barba Negra, que gobierna desde el interior a los presos. Ese líder, enfermo y a punto de perder su poder, elige a un joven recién llegado llamado Roman (interpretado con inmensa expresividad por Koné Bakary) para que le cuente una historia a todos los reclusos. A pesar de su insistencia en que no es un narrador hábil, Roman comprenderá pronto que para sobrevivir debe lograr un relato que capte la fugaz  atención de los prisioneros durante toda la noche de luna roja.

El director Philipe Lacôte cumple con el mismo reto que su protagonista, aunque no esté su vida en juego, al desplegar en paralelo y con distintas estéticas la historia de la lucha de poder dentro de la prisión y el relato de Roman, quien crea una leyenda a partir de la vida de un famoso jefe de una pandilla criminal, uniendo improbablemente las antiguas guerras entre reyes hasta el derrocamiento del presidente Laurent Gbagbo. Si La nuit des rois no alcanza a describirse como la unión de las historias citadas al principio de esta crítica, tampoco cumple con las expectativas de lo que una película sobre una cárcel suele ser. La violencia y la crueldad omnipresentes y las condiciones paupérrimas en las que viven los presos están presentadas con realismo, pero la relación de los personajes con lo mitológico y lo fantástico, con rituales y costumbres antiguas, le otorgan un tono que lo diferencia de los clásicos retratos de una prisión. Mientras Roman cuenta su historia, a la que le va agregando detalles y nuevas líneas narrativas para alargarla, algunos de los prisioneros improvisan bailes y cantos que representan escenas de la narración. En la MACA no hay esperanza y esta no es una película de Hollywood con milagros inesperados, pero sí persiste una fe en la fuerza de la creatividad como modo de supervivencia. María Fernanda Múgica