Corre el año 1931 y Sergei Eisenstein es rechazado por la industria de Hollywood a pesar del éxito mundial de El acorazado Potemkin. La próxima cruzada del maestro soviético será dirigirse a Guanajuato, donde rodará el film que se convertirá en su obra maldita, ¡Qué viva México! Un episodio biográfico que el cineasta británico Peter Greenaway, hoy afincado en los Países Bajos, aprovecha para dedicar un brillante homenaje al autor de La huelga. Celebrado por la cinefilia durante su paso por la edición de 2015 de la Berlinale, Eisentein en Guanjuato es un biopic oscuro sobre el ser humano introvertido y vulnerable que se escondía tras la figura del genio. Greenaway sigue los pasos de su anterior largometraje La ronda de noche, de 2007, en el que ficcionalizó las posibles pasiones y perdiciones de Rembrandt durante el proceso de creación de su obra maestra pictórica. En ambas películas, Greenaway propone un atrevido e insolente acercamiento a los demonios de los artistas a través de un género que, aquí, se define como antónimo de la hagiografía: el biopic desmitificador. La diferencia radica en que Eisentein en Guanjuato no es un thriller criminal, sino una ácida comedia metacinematográfica, donde impera un humor desvergonzado y políticamente incorrecto. Pues, precisamente, la vergüenza (o la pérdida de ésta) es el tema principal de la última película del director de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante.

La tesis de Greenaway sobre los acontecimientos que sucedieron en la prolongada estancia del creador de Octubre en Guanajuato apunta hacía una única dirección. Según el director británico, cuando Eisenstein entró en contacto con la cultura mexicana tuvo una revelación que le afectó en la esfera personal y en la profesional. Por un lado, se manifestó con el descubrimiento de su homosexualidad. Y por el otro, fue la causa inconsciente del giro radical que sufrió su estilo cinematográfico posterior. Sin embargo, la cinta no retrata el proceso de aceptación de su identidad u orientación sexual como un acto liberador; más bien, dicha epifanía incrementa la neurosis del genio, conduciéndole hacia un punto de no retorno. No obstante, Greenaway no señala que la represiva educación y mentalidad soviética fuera el enemigo de Eisenstein. Su único adversario fue él mismo, al ser incapaz de tolerarse en su totalidad.

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El encargado de protagonizar el viacrucis de Sergei Eisenstein es el desconocido actor finlandés Elmer Bäck, mientras que el mexicano Luis Alberti da vida a Palomino Cañedo, el guía espiritual y sexual de Eisenstein en su odisea. La recreación de ese romance imperfecto e imposible entre ambos hombres aporta el elemento verosímil a una ficción caracterizada por su puesta en escena barroca y fantasiosa. Con la ayuda de su fiel director de fotografía, Reinier van Brummelen, Greenaway juega a introducirse en la mente del genio soviético a través de las posibilidades que ofrece la experimentación formal. La singularidad de Eisentein en Guanjuato se halla en la elección de una virtuosa técnica afín al videoarte –disciplina que ha abrazado el director británico desde hace años– para mostrar la vida e iconografía de Sergei Eisenstein. Asistimos al delirante auge y caída del gran visionario a través de prodigiosos travellings filmados en ojo de pez, injustificables cambios de blanco y negro a color acompañados del estridente sonido de una orquesta en vivo, o la sucesión de pantallas partidas que fusiona la ficción con fotografías tomadas durante el viaje o escenas de Octubre, El acorazado Potemkin y La huelga. En definitiva, es a través de la delicia técnica de Peter Greenaway, se su sentido heterodoxo de la forma fílmica, que conseguimos penetrar en el mundo interior de Eisenstein.