Ana Aitana Fernández

La décima edición del Punto de Vista, Festival Internacional de Cine Documental de Navarra, reflexiona sobre el tiempo, pero también plantea un ineluctable ejercicio de memoria. Quizá por ello no había mejor lugar para acoger el estreno mundial de la última película del iraní Keywan Karimi. “La ciudad es una suma de memorias que te superan a ti mismo”, decía Joaquim Jordà, cineasta de una clarividencia y visión crítica respecto al mundo incuestionables. Si el realizador catalán se refería al adoquín como depósito de las huellas de aquellas memorias, Karimi se centra, en Writing on the city, en el muro como yacimiento de la revolución.

Desde hace cien años los muros de Teherán han sido la primera fuente de información para sus habitantes. Esa falta de confianza en los medios de comunicación provocó que a finales de los años 70 los muros conformaran las páginas en blanco desde las que llamar (y hacer) la revolución contra el Sha. Sin embargo, neutralizados los muros como herramienta subversiva y desactivada la memoria de los ciudadanos a base de eslóganes publicitarios y murales “que esconden las inmundicias” de Teherán, la única arma capaz de poner en jaque el autoritarismo del gobierno iraní es el cine. Lo demuestra el tratamiento de las fotografías y archivos audiovisuales rescatados del archivo nacional y su choque con la realidad actual de la ciudad, cuya fatal consecuencia ha sido la sentencia a seis años de cárcel y a 223 latigazos que recae sobre Karimi por realizar esta película. “Las imágenes mienten”, afirma el cineasta de origen kurdo, de ahí que obligue al espectador a observar el detalle, lo inadvertido, a través del reencuadre. La cámara se detendrá así en el espacio de la imagen que desea mostrar, en un brillante ejercicio de revisión histórica, pero también forzará a confrontar el pasado y la realidad del presente. Writing on the city reivindica el derecho a la ciudad que instauró Lefebvre –no es de extrañar que la cita que cierra el filme sea suya– pero sobre todo reclama la necesidad del espacio oscuro, de lo clandestino, porque sólo allí se revela la verdadera democracia y pueden relucir las luciérnagas.

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Como la otra cara de la moneda, la iraní Roya Eshraghi escribe desde Cuba un poema visual para su padre. The Tree hace referencia al propio desarraigo de la cineasta (desde los 16 años reside en Costa Rica), y deja intuir el de su familia. La excusa: un árbol que ha crecido en el quinto piso de un edificio en La Habana. Eshraghi se sitúa en el centro de la historia y acaricia con su cámara la naturaleza para descubrir sus heridas. La llamada telefónica a su padre es el punto de inicio de una correspondencia entre ellos –el material filmado de ella se convierte en la base de escritura de él–, que busca transmitir las sensaciones que la imagen de aquel árbol produjo en Eshraghi. Si en el debate con la autora, posterior a la proyección, salió el nombre de Abbas Kiarostami por su forma de registrar la naturaleza, los ecos que resuenan en The Tree pueden conducir también a la primera obra de Naomi Kawase En sus brazos (Ni Tsutsumarete, 1992), donde la búsqueda de su padre y de su propia identidad se traducen en la experiencia fílmica de la cineasta como vehículo para construir sus raíces. Las conexiones entre ambas cineastas hacen pensar en una cierta manera de hacer cine que pasa por el género, y que es más evidente en las nuevas generaciones de mujeres cineastas.

No es casualidad, pues, que otro título de la sección oficial en cortometrajes If mama ain’t happy, nobody’s happy, de Mea de Jong, aborde, de un modo menos lírico y más cómico, la relación madre-hija, pulsión inherente a la construcción de su identidad como mujer. Otro gran tema que subyace en la obra de muchas autoras, ahí queda la última película de la cineasta belga Chantal Akerman. Planteado como un trabajo de fin de carrera, If mama ain’t happy, nobody’s happy resalta por su honestidad, evidente desde el primer plano: la grabadora que registra la conversación, guion mediante y repeticiones incluidas, entre ambas mujeres. El punto de inicio marcará pues el cambio de foco del documental, si vas a hablar de mujeres independientes mejor empezar por tu propia familia, más si se edifica sobre cuatro generaciones de mujeres que han criado a sus hijos solas. De Jong rompe el modelo clásico de documental de entrevistas y propone al espectador un juego de revelaciones entre madre e hija, que provocará momentos cómicos como la aparición de los exnovios de su madre –incluido el padre de Mea, el también cineasta Ate de Jong–. Las fotografías familiares y las grabaciones de Súper 8 ayudarán a completar el perfil de una mujer fuerte que se aleja de los cánones tradicionales, y que su hija cuestiona constantemente. ¿Es necesario conservar las tradiciones cuando pierden su significado?, pregunta la cineasta holandesa. Y cuando parece que todo queda en un divertido ajuste de cuentas con su madre, otro giro de foco desvela la necesidad de remirar el pasado desde otros ángulos para seguir creciendo.