Víctor Esquirol (Festival de Locarno)

El Concorso internazionale de la 71ª edición del Festival de Cine de Locarno no ha tardado en poner cartas contundentes sobre la mesa. ¿Señal de una cosecha abundante? Veremos. De partida, Tarde para morir joven de Dominga Sotomayor deja el hoy para ir hacia el ayer, hacia la obra anterior de la joven cineasta chilena –la película ha sido definida como una secuela espiritual de su ópera prima, De jueves a domingo–, y hacia su propia vida: en la rueda de prensa posterior a la primera proyección, el carácter autobiográfico de la propuesta pasó de sospecha a confirmación en respuesta monosilábica… La acción del film transcurre en un espacio concreto y en un tiempo aún más determinado, pero remite a cualquier lugar y a cualquier época. Diciembre de 1989, por ejemplo. Aprieta el calor del verano austral. En la periferia rural de Santiago de Chile, una comunidad de amigos o familiares parece ajena a los cambios que está experimentando su país… y aun así, todo está cambiando entre sus miembros.

Unos meses antes, el pueblo censado votó en referéndum plebiscitario que Augusto Pinochet debía abandonar el poder. Un año antes, el mundo oía por primera vez los acordes del éxito pop Eternal Flame. Y resulta que una efeméride está directamente ligada a la otra. En este encuentro de mareas teóricamente irreconciliables se mueve la protagonista de esta historia, no una chica, sino más bien una juventud que está cogiéndole el gusto al aprendizaje vital. Ni niñas ni mujeres; ni chiquillos ni hombres. Los personajes centrales de esta historia llaman pero no atraviesan las puertas de la edad adulta. Un trayecto en moto, una calada a un cigarrillo, una respuesta fuera de tono… Es el placer incomparable e irrepetible de las primeras veces.

Los aires de libertad que emanan de la ciudad se reciclan en el viento y los ríos que recorren la geografía revisitada por Sotomayor. Prácticamente todo en su película brota y fluye con la misma naturalidad: una madre se acerca a su hija y le muestra un cuadro que ha pintado ella misma. La obra de arte queda expuesta en la intemperie, y es tapada por la sombra cambiante del follaje de un árbol vecino. Una imagen estática es abrazada por otra en perpetuo movimiento. Del mismo modo, los recuerdos se descongelan y se mueven. Como si fuera ayer. Es el milagro de la atemporalidad, conseguido éste mediante alquimia cinematográfica. Primer punto memorable en la cuenta de Locarno.

Pero sigue el festival. Un chico, en el fondo de la imagen, mueve el esqueleto como si no hubiera mañana. Dos caballos salen de la cuadra y trotan alegremente por el campo mientras un puñado de hombres deciden por dónde va a pasar el cableado que traerá la contaminación lumínica a sus vidas. El pasado revive a través de la composición de las imágenes. Cada plano está lleno de vida: rebosa detalles que piden nuestra atención, y aun así, respira. Lo permite, mayormente, la pausa con la que Sotomayor contempla a sus criaturas: como si mirase al espejo para darse cuenta de que el reflejo actual se ha construido con los reflejos de antes. En éstas que Damian Hernández agarra un micrófono y descubre el sabor agridulce de la nostalgia mientras versiona a las Bangles. Es oficial: ya es tarde para morir joven. Dominga Sotomayor busca el calor de esa verdad humana, de esa pura e incontenible erupción biológica, la sonrisa que surge al comprobar, mirando hacia atrás, que nuestro espíritu también estuvo ahí.

Este grado de implicación se repitió, de manera más hostil, en el fulgurante inicio de la sección Cineasti del Presente, saldado con sendos ejercicios de cine en glorioso estado de descomposición. Primero llegó Virgil Vernier con Sophia Antipolis, una cinta que deja entrever su bendita locura en el primer cambio de escenario. La acción parece estar confinada entre las estrechas paredes de la consulta de un cirujano plástico, pero al cuarto corte respiramos las brisas mediterráneas de la Côte d’Azur. Ahí una joven viuda está a punto de recibir la vista de una chica que, al poco rato, le propone tomar parte en una serie de sesiones de hipnosis en grupo. Y así nos quedamos nosotros, abducidos por el imprevisible devenir de los sucesos montados por Vernier. Este joven director se rió a carcajada limpia (y desesperada) de nuestro atrofiado sentido de asociación, e hizo de la dispersión su instrumento favorito para la disección.

Una adolescente que quiere operarse los pechos da paso a un joven vigilante de noche que, sin saber muy bien por qué, decide alistarse a una patrulla de vecinos por lo menos sospechosos… La narración se mueve por contagio; por transmisión vírica en el aire, dominado éste por una nebulosa conceptual. Por un ruido en el que se congregan imágenes y pensamientos que parecen querer dar la bienvenida a un Apocalipsis con epicentro, cómo no, en Cannes. Las reflexiones surgen como los fantasmas aborígenes del Warwick Thornton de The Darkside, y un espíritu de violencia hanekiana (al más puro estilo de 71 fragmentos de una cronología del azar) invade cada mirada, cada frase, cada relación. Al final, queda un rompecabezas para perder la cabeza, lleno de agujeros a través de los cuales se filtra la luz cegadora de un sol paradójicamente revelador, bajo el cual arde un pacto social en busca de cualquier excusa para degenerar en sangre.

El cine de la desintegración prosigue en Familia sumergida, primer largometraje de María Alché. Tras la muerte de su hermana, la protagonista de esta historia (Mercedes Morán) siente cómo se va destruyendo su universo interior… y también el exterior. Moviéndose constantemente entre la claustrofobia y la agorafobia más insufribles, esta musa de Lucrecia Martel se acerca, a las primeras de cambio, a la categoría de maestra. Su carta de presentación es un pesadillesco ejercicio de impresionismo sostenido a lo largo de hora y media, al final de la cual el contagio es absoluto. El malestar del personaje central, encerrado (o sumergido) en una ingente masa de aire viciado, se transfiere al observador.

Un tropel de personajes fuera de lugar interactúan a través de mecanismos que escapan a nuestra comprensión. Pedirle sentido al asunto carece, precisamente, de sentido. Una reacción excesiva, una broma que cuaja a pesar de su mal gusto… ésta no es nuestra familia, está claro. Pero, al parecer, tampoco es la de una mujer que siente que no pertenece a ningún sitio. Se estrechan las paredes del hogar y las cortinas del salón se convierten en telarañas que apresan y asfixian. En algún rincón de la casa, el último Darren Aronofsky aplaude mientras sigue tocando la lira. La depresión que surge de la muerte de un ser querido es gestionada de la peor de las maneras por parte de los supervivientes. El día a día pierde la noción del tiempo (y del espacio) y deviene una carrera insufrible, de meta inalcanzable… a no ser que antes se haya aceptado la demencia como único modo de desencriptar la realidad.