Manu Yáñez (Festival de Cannes)

En la edición de 2017 del Festival de Cannes, Michael Haneke presentó Happy End, una relectura en clave ácida del conjunto de su misantrópico universo. Se trataba de unos greatest hits que, pese a introducir un pequeño grado de autoironía, no aportaban nada particularmente significante a la galaxia hanekiana. Ash Is Purest White, el nuevo trabajo del gran cineasta chino Jia Zhang-ke, corre el riesgo de caer en el mismo género de pereza creativa del que hacía gala Happy End. De partida, el film comienza reimaginando a la protagonista de Unknown pleasures (2002), la tercera película de Zhang-ke. La ficción nos lleva hasta el año 2001 y Qiao Qiao, interpretada por Zhao Tao, la eterna musa del cineasta chino, luce su inconfundible peinado a lo Uma Thurman en Pulp Fiction. Qiao Qiao ha abrazado su rol de novia del gangster y se mueve como pez en el agua por el universo jianghu, una suerte de versión china de la Tríadas de Hong Kong o la yakuza japonesa. Todo parece ir bien hasta que la fatalidad hace acto de presencia, se produce una elipsis de cinco años y el relato se desplaza hasta la Presa de las Tres Gargantas, en 2006, la época y el escenario de Naturaleza muerta, el film con el que Zhang-ke ganó el León de Oro de Venecia.

La sensación de déjà vu no termina ahí. Ash Is Purest White termina en la actualidad, cerrando una estructura de tres actos/tiempos que remite a la de Mountains May Depart (2015). También aparecen OVNIs y coloristas mensajes en las pantallas de los móviles (como en The World, de 2004), industrias mineras al borde del cierre y nuevos complejos de viviendas, como los de 24 City (2008). En esta tesitura, Zhang-ke confirma su mayúsculo talento para la elaboración de punzantes diálogos entre las odiseas íntimas de sus personajes y las transformaciones nacionales, o incluso globales, mundiales. La turbulenta historia de amor entre Qiao Qiao y su gangster (interpretado con lacónico estoicismo por Liao Fan) sirve de perfecto contrapeso para las contradicciones patentes en los escenarios del film: mientras de fondo retumba la promesa de la prosperidad, lo único que vemos en pantalla son estadios deportivos en ruinas, ciudades cochambrosas y rituales tradicionales –el primer acto del film podría competir con Election de Johnnie To a la hora de acumular signos de la liturgia gangsteril–.

La acumulación de rasgos reconocibles del cine de Zhang-ke podría convertir Ash Is Purest White en un puro acto de ombliguismo; sin embargo, la película contiene elementos que le otorgan una vivacidad incuestionable, en particular la creciente maestría del cineasta chino para la modulación interna de las secuencias, allí donde la puesta en escena se encuentra con la dramaturgia. Es especialmente reseñable una larga escena filmada en plano secuencia en la que dos amantes dirimen sus diferencias. En otro periodo de su carrera, Zhang-ke podría haber resuelto la situación con el prolongado silencio de unos personajes condenados a la estasis. Sin embargo, aquí hallamos un complejo juego de movimientos, acercamientos y alejamientos de los personajes respecto a la cámara, confesiones impetuosas y frases meditadas. Un festín de texturas dramáticas y lumínicas que enriquecen el lamento melancólico de una película que se pregunta por lo que queda de humano en una nación abocada a una modernidad sin cimientos.

Comentario aparte merece el trabajo de Zhao Tao, probablemente la actriz más relevante del cine del siglo XXI (pienso que solo Kristen Stewart o Isabelle Huppert pueden hacerle sombra). Su manera de deambular por la frontera entre la tradición y la modernidad, su modo discreto, pero al mismo tiempo decidido, de encarnar la más profunda melancolía y la más rotunda dignidad, la han convertido en una brújula necesaria (compasiva y doliente) para comprender nuestro lugar en el mundo contemporáneo. Aunque solo fuera por esto, ya deberíamos agradecer a Zhang-ke la creación de Ash Is Purest White, una película que podría apuntar hacia un fin de ciclo. El director de Platform parece estar en un momento similar al que atravesó Hou Hsiao-hsien, su gran referente, a finales de los años 90, cuando terminó su ciclo histórico/autobiográfico y se lanzó a experimentar en títulos como Flores de Shaghai, Millenium Mambo o Café Lumière, sin dejar nunca de ser él mismo. Cuánto nos gustaría ver a Zhang-ke iniciar un periodo de nuevas exploraciones. Por el momento, le dedicamos una reverencia y un “hasta pronto, maestro”.