Pese a que The Danish Girl transcurre principalmente en Dinamarca y Francia, estamos ante una película que transpira puro academicismo británico. Su ideal, hacia el que muestra una disciplinada obediencia, es el del biopic tradicional. Corrección y transparencia narrativa son los principales ingredientes que maneja Tom Hooper (el oscarizado director de El discurso del rey) para relatar la odisea identitaria del pintor Einar Wegener, quien daría cuenta del despertar de su yo femenino transformándose en Lili Elbe, al tiempo que se convertía en pionero/a de las cirugías de reasignación de sexo allá por los años 30 del siglo XX. Mostrando una fe ciega en su sentido de la contención, Hooper intenta insuflar vida a la historia de Einar/Lili a través de un preciosismo decorativo, sin embargo, el film palidece por culpa de un guión demasiado predecible, una cierta afectación sentimentalista (sorprende que el despertar identitario de la protagonista se presente como una aflicción de tintes psicóticos) y una puesta en escena plana, proclive a los subrayados.

La debilidad de The Danish Girl –una película que formaría un perfecto programa triple junto a La teoria del todo y The Imitation Game (Descifrando Enigma)– queda perfectamente encapsulada en dos elocuentes paradojas. En primer lugar, estamos ante una película basada en hecho reales que nunca termina de encontrar una cadencia natural: el telegráfico guión de Lucinda Coxon (basado en la novela homónima de David Ebershoff) arranca de forma precipitada –amontonando giros argumentales para concentrar toda la odisea de Einar/Lili en dos horas de metraje– y luego se va aletargando fatalmente a medida que avanza la historia. En segundo lugar, algo no cuadra en el intento de contar una historia de transgresión social a través de una película absolutamente académica. Repitiendo la jugada de El discurso del rey, Hooper no se desmarca un centímetro de la ortodoxia fílmica: todo está en su lugar, equilibradamente, inexpresivamente.

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Comentario aparte merece el trabajo actoral de Redmayne y Vikander, que forman una interesante pareja escénica. Redmayne es un artista de la precisión y el autocontrol, y sus instintos actorales le convierten en una elección idónea para el tipo de personaje que imagina Hooper. Puede que el oscarizado protagonista de La teoría del todo abuse de su característica sonrisa Profident en su intento por evocar la feminidad de Einar, pero el artificioso trabajo de Redmayne, la sensación de que siempre luce una máscara, encaja con la idea de la mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Por su parte, Vikander trabaja en un registro casi opuesto al de Redmayne, apostando por la espontaneidad y la frescura en su enérgico y convincente abordaje a la figura de una esposa que, empujada por un amor incondicional, sacrificará su bienestar emocional para garantizar la realización personal de su marido. En resumen y en esencia, La teoría del todo 2.