Estudiada desde una perspectiva arqueológica, como la semilla de la que brotaría la madurez temprana del cineasta norteamericano Joel Potrykus, Ape (2012) se presta al más gozoso ejercicio de análisis autoral. Predecesora de las sensacionales Buzzard (2014) y The Alchemist Cookbook (2016), esta ópera prima cumple con primorosa transparencia su condición embrionaria: las singularidades que han hecho de Potrykus el más contestatario, cinéfilo e inventivo de los cineastas independientes de su generación asoman en Ape con una aspereza y tosquedad deliciosamente mendicante, consolidando un fulgurante espíritu punk. De hecho, más que un antecedente tentativo, Ape se presenta como una piedra angular en la obra del cineasta contemporáneo que mejor ha sabido describir el desconcierto de aquellos que, hoy en día, pretenden liberarse de la soga de la sociedad de consumo, el autor que ha diseccionado con mayor clarividencia el pozo de contradicciones que aguarda a aquel que aspira a vivir fuera de la telaraña del sistema.

El protagonista de Ape, Trevor (¡)Newandyke(!), condensa en su esquiva personalidad la quintaesencia del imaginario de Potrykus: se trata de una figura marginal, que reniega del afán productivo que impone el mundo mercantilizado –se enorgullece de no buscar trabajo–, pero que al mismo tiempo se deleita con los tóxicos y apetitosos cantos de sirena de la maquinaria social: su menú soñado constaría de precocinados envasados en plástico, Doritos (un verdadero leitmotiv potrykusiano) y granizado de cereza, mientras que la perspectiva de perder el servicio de televisión-por-cable perfila, para el protagonista de Ape, un infierno en la Tierra. En un sentido retrospectivo, el personaje de Trevor confirma lo que permitía intuir el Marty Jackitansky de Buzzard: esa esencia chapliniana marcada, como apuntaba André Bazin, por la condición asocial del personaje, que mantiene una relación de incomprensión e indiferencia respecto a su entorno (aquí el protagonista, a la manera de Charlot, lleva siempre puesta una corbata con la que imposta una distinción fracasada). Aunque, a diferencia de lo que ocurría en las películas de Chaplin, lo que mantiene a los personajes de Potrykus conectados a la sociedad (y a la realidad) no es el enamoramiento sino la persecución obcecada de un ideal excéntrico: la invocación del diablo en The Alchemist Cookbook, la supervivencia basada en pequeños timos bancarios en Buzzard, y la conquista del virtuosismo y la originalidad como comediante de stand-up en Ape.

Encarnado por Joshua Burge, el actor fetiche de Potrykus (espigado, ojos saltones, gestualidad desdeñosa, ademanes nihilistas), Trevor repite una y otra vez los “chistes” de su repertorio post-humorístico, dotando a la película de una estructura circular. En varios momentos, le vemos enfrentado a su propia imagen frente a un espejo, en unas composiciones que aúnan la sed de reconocimiento de los personajes de Martin Scorsese y la tendencia a la demencia de los de Roman Polanski (dos autores que le habrían sacado mucho partido a la pocilga en el que dormita y ensaya Trevor, aunque seguramente ambos descolgarían el póster gigante de Steve Martin). A la postre, el verdadero destino de Trevor apunta a la idea de la performance subversiva: grafitear la palabra “FUNNY” y lanzar un cóctel molotov en un jardín yermo de la América suburbial (a lo Harmony Korine); vaciar sobre una acera una botella de alcohol para utilizarla como plataforma de lanzamiento de cohetes de pirotecnia; o detener un monólogo para zamparse parsimoniosamente una manzana “Golden” adquirida en un pacto con el diablo (uno de los varios momentos Warhol del cine de Potrykus). La idea de generar una cierta incomodidad entre el público de un club-de-la-comedia de segunda puede parecer algo banal, pero para Potrykus y su protagonista no hay duda de que se trata de un triunfo revolucionario; como lo es que Ape funcione como el antídoto perfecto contra la avalancha de inofensivos espectáculos de comedia stand-up con los que Netflix “anima” su catálogo.

Filmada en Grand Rapids, Michigan, con una cámara Canon 60D, Ape parte de las coordenadas del cine verité de guerrilla para luego transitar hacia una estética alucinada, entre el onirismo y el surrealismo. Se trata, a grandes rasgos, de una batalla fulgurante entre el realismo y la fantasía, o quizá la certeza de que perseguir un sueño genuinamente personal en el mundo actual implica abocarse de lleno a lo pesadillesco. Un realismo trastornado, enfermo e inclinado hacia el subjetivismo, donde el crudo día a día del protagonista aparece marcado por la impersonalidad de los escenarios y por unas relaciones puntuadas por la ofensa y la violencia. Una cotidianidad áspera que se ve sacudida por unas apariciones inexplicables, la más recurrente de las cuales es la de un hombre disfrazado de simio –de ahí el título de la película– que podría verse como el hijo bastardo y pauperizado del conejo de Donnie Darko o del mendigo monstruoso de Mulholland Drive. Agresiones a la lógica narrativa que llevan esta notable película desde el retrato de una nada cotidiana (se escucha Dying a Little Everyday de Cain) a la invocación de una resistencia a dejarse vampirizar por el sistema (“If you don’t owe me by now…” canta Trevor a viva voz en plena calle). Una resistencia hilarante y trágica en la que resuena la furia de los viacrucis pasolinianos.

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